La vida según Bruce

Los buenos rockeros no envejecen porque paran el tiempo. Mientras sube la prima y Grecia juega con el euro, Bruce Springsteen nos devolvió, en el Bernabéu, cuatro horas de sueños. Ni crisis, ni deuda, ni nada. Allí estaba él enseñándonos a todos  por  qué hay que seguir bailando. Y no dejó de cantar, de saltar, de entregar a la gente su guitarra para que pudiera tocarla. Cantó rock, soul e incluso un twist, cantó a capella y con trompetas, con saxo y acordeón, con bajo, violines, piano, guitarra, percusión (Max Weinberg dejándose los brazos en la batería) y con su eterna armónica, acompañado por una E-Street Band que ya sola, sin Bruce, es un concierto. Los del Bernabéu encendieron las luces a medianoche -como cuando quieren echarte de la discoteca- para terminar el espectáculo, pero él siguió bebiéndose las almas, cambiando de guitarras, bailando, saltando entre los brazos levantados de miles de pesonas. Siguió, con todas las luces encendidas en el estadio como si fuera de día, recorriendo el escenario perseguido por los de seguridad (que no dejaban de correr detrás por si las moscas). Bajó los escalones que llevaban al césped, se subió a unas cajas que se apilaban cerca de las gradas, cogió a un empleado de mantenimiento (casco incluido) para bailar con él, le dedicó  "The River" a Nacho Hurtado, el joven que murió de cáncer días antes del concierto suspirando por ir, sacó a bailar a la mujer que pedía, con un cartel, un baile con el guitarrista ("Can I dance with Nils?"). Y supongo que los del Bernabéu debían estar desesperados, porque él siguió cantando una canción, y otra (de Wrecking Ball pero también de Asbury Park, de The River, de Born to Run...) y otra más, tumbándose en el suelo y saltando, metiéndose entre el público, sonriendo, entregándose, disfrutando como si estuviera empezando. Cuatro horas más tarde seguía volviendo loco al personal y sólo se quedó en silencio al mostrarnos las fotos de Clarence Clemons, el saxofonista de la E Street Band muerto hace un año, que llenó la pantalla del escenario mientras él y la E Street Band dejaban de tocar contemplando a su amigo. Hubo otro silencio: Springsteen sacó a escena a un niño de seis años. Le entregó el micrófono y, durante unos segundos, sesenta mil personas se quedaron mudas esperando a ver qué conseguía decir el pequeño. La vida se paró  ayer durante cuatro horas. Y cuando digo la vida digo, también, la ausencia de los que ya no están y lo que todos llevamos encima. Parar el tiempo es el privilegio de unos pocos. Pedazo de concierto.

3 comentarios:

  1. una crónica bellísima querida Valme....

    ResponderEliminar
  2. gracias valme.no he estado.pero leyendo tu cronica, por un momento lo he llegado a dudar.

    ResponderEliminar
  3. Enorme Bruce, fantástica la E-street band e inolvidable el concierto. La última hora, con "Born to run", con "Thunder road", con "Twist that shout", ... una ristra de razones para que siga llenando estadios.

    ResponderEliminar

Entradas populares