Gallardón, retórico del año


"La libertad de maternidad es lo que a las mujeres les hace auténticamente mujeres"
Si no tienen libertad para ser madres no son auténticamente mujeres. Yo pensaba que éramos mujeres de todos modos. Pero es que soy mujer y, claro, me equivoco.

"En muchas ocasiones se genera la violencia de género estructural contra la mujer por el mero hecho del embarazo"
Si el marido obliga a la mujer a abortar, se trata de impedir que ella decida (ya se sabe que la mujer no debe). Con eso paran los golpes del marido. 

"Ven violentado su derecho a ser madres"
Así que el gobierno decide por ellas: mira, tienes que ser madre. Pero es porque eres libre. Pero no te preocupes si no lo entiendes, mujer.

"Determinadas estructuras las hacen responsables únicas de esos conflictos" 
La mujer no es responsable y sin embargo es libre si decide. No es responsable pero es libre, y si es responsable no es libre. Este tipo es un genio. Yo pensaba que una cosa iba siempre con la otra, pero ya saben, soy mujer.

"Va a aumentar la protección del derecho reproductivo por excelencia de la mujer, que es el de la maternidad."
Llevo horas intentando descubrir otro, pero no se me ocurre.

"Es hora de que, de una vez por todas, en España esté garantizado el derecho a la maternidad".
¿No encuentras guarderías? Tranquila, tienes la ley del aborto, por fin puedes ser madre. 

"Es insuficiente una legislación que se limita a proteger el no nacido"
Del no nacido no hablemos,  que ese debate aburre y además es un lío.
Mucho mejor hacer estas geniales piruetas lingüísticas. Un aplauso bien merecido a la retórica del Señor Gallardón. Plas plas plas. 

Musas, o cómo afrontar lo que nos llega.

En el Museo del Prado unas cuantas mujeres te dan la bienvenida y te dicen cómo puede ser tu vida.

La musa Clío tiene la mirada serena de quien entiende las cosas y, pudiendo hablar de ellas, se mantiene en silencio. Es la Historia. Si la conoces entiendes mejor de qué va todo esto.





Terpsícore tiene la mirada perdida, un pie adelantado empezando su paso, es la Danza y la Lírica. Moviéndose  y mirando  más allá de lo que ves, empiezan las creaciones.




Calíope. La Épica. Observando a los hombres, cansada pero firme, con los brazos apoyados, mirada alerta, se mantiene en tensión pero no se cuestiona qué va a pasar, porque lo sabe. La que mueve el mundo.



Urania es la musa de la Astronomía. Mira hacia el cielo pero tiene los pies bien asentados en la tierra porque -como Clío- sabe que sólo mirando fuera conoces qué está pasando dentro. No mira las miserias humanas porque sabe que terminan. Abandonada mirando las estrellas.



Erato es la Lírica Coral. Apoyado el brazo, acompañada, mirando lejos, relajada y serena. No está sola. Por eso es la única que puede estar con los pies cruzandos, descansando. 


Melpómene es la musa de la Tragedia. El ceño fruncido, ocupada en dramas enviados a los hombres. Sabe qué es la vida. Lo sabe todo, lo entiende todo y no descansa nunca.


Polimnia. La Pantomima y la Geometría. El relato de todo lo que ocurre. Cómo entendemos el mundo: para empezar, esperando que alguien nos lo cuente, porque es necesario...



Euterpe es la Música de Flauta: es la belleza, con esos adornos en el pelo, con el ángel mirándola extasiado, con la flauta hacia un lado -como huyendo del mundo- y su mirada hacia el otro -como pudiendo soportarlo todo gracias a ella.


Un buen tratado de cómo afrontar lo que la vida nos pone por encima.

Damien Hirst y la Muerte



Con motivo de las exposiciones de Damien Hirst en Londres y Wei Wei en París, una revista cultural establece una extraña encuesta para ver quién gana. Gana Hirst, me ha parecido entender, y sin pararme a analizar mucho este concurso de misses voy a hablar de Damien Hirst y de lo raro que me parece todo.

Cuando se oye hablar de Damien Hirst resuena la palabra marketing rebotando en las paredes. El hecho de que sea el artista vivo más cotizado, que compre su propia obra para subir su precio, que sea amigo de Saatchi -el que mejor sabe vender-, que haya convertido el marketing en arte, la espectacularidad de su obra con esos tiburones en formol que acaban pudriéndose...todo alimenta la leyenda, el mercado se pone nervioso y todos comentamos lo nervioso que se ha puesto el mercado. Su obra es  muy cara y él se ha forrado. Pues vale.

El que se hable tanto de la personalidad del artista o de sus asuntos con los bancos nos dice lo que realmente está pasando con el mundo del arte, y es que hemos bajado la altura del discurso -antes abstracto- al nivel de la cuenta corriente. Cuánto vale o cuánto vende desplaza lo único importante, y es qué es lo que nos está contando Damien Hirst. Pero eso no pasa sólo con él, me temo.  Eso es lo que hay. Bienvenidos al mundo del arte, que pronto cotizará en bolsa.  

Damien Hirst tiene una obra llamada "La imposibilidad física de la muerte en la mente de alguien vivo". Se trata de un tiburón tigre de cuatro metros de largo, disecado y expuesto en una vitrina gigantesca. Bueno, pues eso es la muerte, con toda su crudeza. El cuerpo de un ser fuerte y poderoso, invencible y temido, metido en formol. La presencia de la muerte que nos espera a todos, incluso a los más poderosos: lo que somos y lo que vamos a ser, lo que quedará de nosotros si alguien está dispuesto a mirar los restos. 

Juguetea con la muerte y cubre de diamantes una calavera, tapando con brillos imposibles lo que no es más que polvo. Expone cientos de píldoras en vitrinas burlándose de nuestro afán de evitar lo inevitable. Muestra cadáveres en un ejercicio lleno de humor que desmitifica lo que creemos que llegará después de todo esto. "Nada", parece decirnos. "No llega nada: atrévete a mirarlo". 

Lo comparan con Andy Warhol por el afán de convertir su vida y obra en un espectáculo. Tampoco me importa mucho cuánta cocaína se metiera Warhol, y creo que lo que les acerca no tiene nada que ver con supuestas fiestas salvajes. Los dos sacan lo invisible y lo meten en una vitrina. No miramos la lata de coca cola -por demasiado cotidiana- y Warhol la eleva a obra de arte. No miramos la muerte -por demasiado imposible- y Hirst la expone en un museo. Se empeñan en que, de una vez, miremos lo que nos acompaña siempre. Yo creo que no está nada mal... 


Una separación



Afirma Asghar Farhadi, director de cine iraní, que tenemos demasiadas respuestas y lo que hay que buscar son preguntas. Y eso es lo que hace en la película "Nader y Simin: Una Separación". ¿Debe un niño alejarse de un padre por buscar una vida más fácil?¿Es la religión una guía para la conciencia, o es un límite para la actuación?¿Hace bien una madre que se va dejando a su hija?¿Debemos creer a quien es más digno de ser creído, o eso es una farsa?

Y consigue dejar todas las preguntas en el aire, sin darnos respuestas, como hacen los buenos directores que confían en el espectador. Desde el primer momento, donde empieza convirtiéndonos en jueces de una separación, todo está abierto. Hay una escena donde Farhadi alarga el sufrimiento de unos padres  y tú te lo tragas, lo masticas, lo vives con ellos. Es la espera de una decisión que no llega y que va a cambiarlo todo. Genial, genial escena que no tiene respuesta, como no tiene respuestas, nunca, lo que verdaderamente es importante.

Toda en esta película sabe a acción, a posibilidad, a futuro. Las mujeres no se destapan la cabeza en ningún momento, pero luchan, y cómo luchan. Los hombres exprimen lo que les toca aunque no se muevan de su cama. Y no sabes si aciertan, si conocen, si saben que ella no va a volver, si mienten, si buscan algo más. Preguntas sin respuestas en una película rebosante de buenos actores (todos, en bloque, ganaron el Oso de Plata en la Berlinale) que -como dijo Pablo Q.- te apetece volver a ver en cuanto terminan los títulos de crédito.


Sobre mujeres, cuotas y gays


Un nuevo año y un nuevo día de la Mujer Trabajadora. Un vez más se habla de cuotas y  discriminación, y yo empiezo a tener la extraña idea de que el problema no es exactamente el planteado.

Se discrimina a la mujer por ser mujer, pero si tiramos del hilo esto no tiene fin. La discriminación está a la orden del día. Por poner un ejemplo: en todos los ámbitos profesionales quien tiene éxito, la mayoría de las veces, es quien se esfuerza en contar que lo tiene. Hay una evidente discriminación del callado, del tímido que prefiere mostrarse invisible mientras, a su rollo, levanta pesos pesados con una inteligencia que no necesita testigos. Quien triunfa es el extrovertido, el cantante (con sus propios éxitos como temas hit), el vendedor experto. Pues yo creo que eso es discriminación, y si no lo es, por favor, que alguien me lo explique.
Hay discriminación porque no buscamos conocer  ni saber; porque compramos lo que nos venden; porque no nos molestamos en pensar; porque, etiquetando los paquetes, éstos se encuentran mejor en el almacén de lo que no nos interesa; porque la educación se limita a saber ponerse la corbata y porque para qué perder tiempo. Así que deberíamos plantearnos si el fondo de todo este problema se reduce a porcentajes, y si con equilibrar los números se arregla todo. Porque entonces también deberíamos darle cuotas al tímido, y al feo, y al niño del que se burlan en la clase por llevar gafas.

Pensamos que va a trabajar menos por ser mujer, que sabe menos por no hablar, que  no triunfa porque no lo cuenta, que es inferior por ser negro, que no va a conseguirlo porque es feo. También opinábamos que uno era rarito por ser gay, pero siempre hay alguien que consigue cambiar esa idea trabajando y viviendo sin entrar en el tema, porque no es nuestro asunto, de quién le acompaña por las noches.

Yo no sé si las cuotas servirían para algo. Pero sí sé que quien discrimina a una mujer no se para ahí y discrimina a cualquiera que le de razones (sus razones) para hacerlo. Por ejemplo, al bajito de la oficina.

Quizá la ley de cuotas debería aplicarse a quienes son lo suficientemente inteligentes para no caer en esos tópicos, y así dejar fuera al listillo que se los traga todos. Desmontaríamos el país, eso sí, pero qué gusto hacerlo...

Los Descendientes



Es la máxima de cualquier obra de arte: lo que importa no es lo que se cuenta, sino lo que se dice con lo que se cuenta. Es decir: tú puedes estar contando la infidelidad de una mujer en coma y no estar hablando de eso. El que la película de Alexander Payne hable de Infidelidad y se llame los Descendientes  nos indica que lo que vemos no es lo que debemos entender.

Y aquí viene a cuento otra de las máximas que define la obra de arte. Cierras el libro o la puerta del cine y ahí empieza la historia: a ver qué piensas. Las buenas obras tienen que entenderse, y probablemente eso no lo consigas enseguida (bueno, al menos yo no). Tienen que superar la noche. Si a la mañana siguiente sigues pensando, estamos delante de algo bueno. Te lo pueden dar todo masticado, como para tontos, pero si no tienes nada que pensar estamos hablando de otra cosa (que no tiene por qué ser peor).

Los Descendientes nos cuenta una infidelidad, pero la infidelidad es sólo una anécdota. Porque su discurso va de cómo te enfrentas a la vida. Tu vida puede ser una birria, pero el problema no es ese, sino qué haces con la birria en que tu vida se convierte. Así que tenemos a un hombre bastante pringado que aprende a enfrentarse. No es un tema nuevo, pero no es un tema malo. Casi podríamos preguntarnos si hay algún otro.

Habla del perdón. Del perdón hacia una mujer que te ha mentido, hacia un padre que no ha sabido serlo, hacia una madre que ha descolocado tu mundo cuando sólo tienes 17, hacia una mujer que quiere destruirte o hacia un familiar que no está dispuesto a llenarte los bolsillos con el dinero de tu herencia. Habla de cómo coger el toro por los cuernos y enterarte de qué es la vida. Y el perdón es parte de la vida porque el rencor acaba con ella. Hablo del perdón y no del olvido, pero ese es otro tema.
Los Descendientes es una película irregular que da saltos entre una comicidad que no pinta mucho y demasiada lágrima evidente. Pero en medio queda el abrumador paisaje de Hawai que parece quitarte el aire y un tipo (George Clooney) que, gracias a todas sus desgracias empieza, por fin, a enterarse de qué va  todo esto. Bueno, hay gente que no lo consigue jamás...

Entradas populares