En el Museo del Prado

Hay dos temas que flotan por encima de las salas dedicadas a la pintura española del siglo XIX. Uno, el personaje público. El otro, la muerte.

Vemos la muerte en los rostros del general Torrijos y sus compañeros en los segundos antes de morir.
Fusilamiento de Torrijo, Antonio Gisbert, 1887-1888
En la demencia de Juana La Loca, que intenta llevarse el cadáver de su esposo, callando a quien intenta detenerla.
Demencia de Doña Juana de Castilla, Lorenzo Vallés, 1866

En la tristeza de Isabel de Segura minutos antes de casarse con alguien que no era su amado
Antes de la boda (1882), Antonio Muñoz Degrain

 En el joven herido en el barco que no puede ir al hospital
¡Aún dicen que el pescado es caro!. Sorolla

En el barco naufragado
Un barco naufragado. Carlos de Haes (1826-1898)
En una viuda que no quiere aceptar que él se ha ido
Doña Juana la Loca, Francisco Pradilla
En las que han sido violadas
Las Hijas del Cid, Dióscoro Teófilo De la Puebla

En el anciano de Fortuny
Viejo desnudo al sol. Mariano Fortuny (1838-1874)

En la madre que se clava un cuchillo después de matar a su hijo
Sagunto de Agustín Querol

O en la ninfa mordida por la víbora que espera impasible, como parte del juego, lo que viene después

La ninfa Eurídice mordida por la víbora, Sabino de Medina

 
Y, después, está la luz de los retratados.
La Condesa de Vilches, Madrazo

Y a pesar de las nubes que amenazan por encima...
 Retrato del niño Flores, Federico Madrazo

"El Gran Capitán en la Batalla de Ceriñola" (Federico de Madrazo)

...la vida explota.
Niños en la playa, Joaquin sorolla

Y es lo que pasa. Siempre explota.




El Árbol de la Vida de Terence Malick

Valme de Toledo
Qué bonito sentimiento, el de la retribución. Creemos que el malo acabará solo, viejo y acabado como el Capitán Garfio en Peter Pan, que el bueno tiene siempre su recompensa, que si hiciste bien recibirás bien y quien te hizo daño acabará pagando. Pues no. El inocente sufre igual que el malo, el malo triunfa y sale victorioso. Podemos ir más allá y decir que el malo está a veces revestido de un manto de santidad, como el de misa diaria que machaca al vecino pensando que tiene hilo directo con Dios desde la puerta del confesionario.

De esto habla El Árbol de la Vida, de Terence Malick. Empieza con un versículo del Libro de Job (el primer libro que dice "No preguntes por qué") y sigue con un apabullante espectáculo de imágenes que nos hablan de  las explicaciones que esperamos, de las respuestas que nunca llegan, de las preguntas ante el dolor, de lo justo o lo injusto, de lo lejos que estamos de Dios, de lo pequeños que somos, de lo solos que estamos y de todo lo que se nos escapa.
Olvídate de recompensas, nos dice. No esperes más por ser bueno, ni menos por no serlo. El dolor te acabará llegando, hagas lo que hagas, aunque ames, aunque odies. Así que sólo te queda amar, como repite una y otra vez, en la película, la madre que pierde a su hijo. Porque sólo amando podrás ver lo que tienes al lado: esa explosión de vida, de belleza y de tiempo que crece en medio del silencio. Sólo lejos de tí podrás entender la inmensidad de lo de fuera. Y si empiezas a mirar el silencio de Dios vivirás más tranquilo.

Un cine de  Connecticut explica en un cartel: "Por favor, entren con una mente abierta. No habrá devolución del dinero de las entradas". En la sala de cine aquí en Madrid (a pesar de Brad Pitt) había un goteo de gente abandonando la película. Es una película agotadora, oscura y arriesgada que debes ver como lees poesía, que te deja una impresión de belleza en los ojos, una sensación de haber estado un buen rato en la oscuridad de lo inexplicable. Y que te pone a prueba porque, como dice en su cartel el cine de Connecticut, hay que tener la mente abierta para aceptar que nunca podrás  entenderlo todo. Si quieren probar, ahí la tienen.

http://www.valmedetoledo.com/

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