Manual de supervivencia

  1. Queda con tus amigos y riéte de lo que está pasando.
  2. Recicla porque nos lo debes. Observa Ecoalf, de Javier Goyeneche.
  3. Haz una visita mensual a un museo. Ve solo.
  4. No te arrepientas.
  5. Recuerda que tú inventas el miedo.
  6. No olvides tu alma de estudiante. Acude a las charlas de la Fundación Adolfo Domínguez.
  7. Ve al cine, pero antes lee las críticas de Boyero o Rodríguez-Marchante.
  8. Cuando apagues las luces de tu casa, piensa en Japón después del terremoto.
  9. Actúa.
  10. Martín Amis, Ian MacEwan, Hanif Kureishi, la Editorial Atalanta.
  11. Mira al cielo y esfuérzate en mirarte desde el cielo.
  12. No te decepciones: es que no supiste verlo antes.
  13. Escucha. Hablar no hace tanta falta.
  14. Gerry Mulligan y Astor Piazzolla, Duke Ellington y John Coltrane
  15. Di No.
  16. Busca a quién amar.
  17. Platón, Marco Aurelio, Epicuro, La Biblia.
  18. Atraviesa el dolor. No dura.
  19. Una crema de tomate y albahaca con nubes de parmesano.
  20. No dependas. Pero si lo haces, aprende a defenderte.
  21. Beethoven, Opus 61.
  22. Lo que hagas, hazlo bien.
  23. Tú eliges quién puede hacerte daño.
  24. Gilbert Garcin, Jim Denevan.
  25. Piensa que enseguida estarás muerto. 

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Guerra


Valme de Toledo

Otra vez estalla una guerra y no podemos dejar de pensar que el estado natural del hombre es el de estar en guerra. Hay mentes utópicas y bienpensantes, ingenuas e idealistas, que le dan valor al diálogo que pueda meter las armas en sus fundas. Pero hay aquí un error, y es que el diálogo sólo se puede establecer entre dos personas que se escuchen, se entiendan y puedan llegar a respetarse, en una conversación de igual a igual que puede durar eternamente. 

Cuando el interlocutor no escucha, entiende o respeta; cuando con sus actos hace sufrir; cuando viola las leyes; cuando rompe el equilibrio que éstas construyen, entonces la voz debe ser la de las armas. En un mundo entre iguales, donde deberíamos movernos, esa conversación soñada es posible. Pero tendemos a juntarnos con quienes no escuchan: con los tontos, con los interesados, con los asesinos, con los mentirosos, con los manipuladores y egoístas; con los tiranos que necesitan pisar cabezas mientras andan. 

Y ahí está el mal. El mal existe, y lo ejerce quien no tiene escrúpulos en pisar al de al lado. El mal puede ser Gadafi o Sadam Husein, pero también aquel personaje a quien investigó  Emmanuel Carrère para su libro El Adversario, que miente sobre su vida, miente a sus seres queridos, miente a sus amigos, a sus padres, a su mujer y a sus niños pequeños hasta que empuña una escopeta y los mata a todos. El encuentro del escritor con el asesino es el encuentro con el mismísimo Diablo, que es mentiroso.

En el estado natural del hombre, que es el de la guerra, no debemos obviar que todos tenemos nuestra parte. Todos ayudamos al mal si creemos sus mentiras, si aceptamos su dinero, si aceptamos quedarnos a su lado, si empezamos un diálogo que acabará con un tiro en la boca. También podemos quedarnos en silencio, votar en blanco o pensar que todo el mundo tiene su parte de razón, y para qué meterse, pensar que la verdad es tan amplia como toda la gama de grises, y no somos quien para juzgar. 

Ahí está. El problema es el decir allá cual con su vida, que ya tenemos bastante con la nuestra.  Pero con que un sólo niño esté sufriendo, con que un sólo anciano llore impotente, con que  una sola mujer sea maltratada ya estamos metidos hasta el cuello. No te metas en una discusión entre amiguetes, pero hazlo si, por causa de ella, hay alguien que sufre. Acepta las armas como prolongación de tu brazo si no has sido capaz de ver, antes de tiempo, que el Diablo estaba empezando a empuñar las suyas. Puede que te quedes solo, pero podrás decir que has hecho algo. Si vas a la guerra, no vayas con miedo, con los hombros hundidos maldiciendo tu suerte. Ve con la cabeza alta, la frente orgullosa y sintiendo que tu deber es ese y que debes cumplirlo. Y, en el más difícil todavía, sigue siendo capaz de emocionarte cuando logres ver a un hombre bueno.

Pues hablemos de Amor

Valme de Toledo

Pues hablemos de amor. Y, para empezar, busquemos qué es.
Cogemos el diccionario de la Real Academia, que son los jefes, y encontramos definiciones de algo llamado Amor que nos habla de insuficiencia, reciprocidad, encuentro, alegría  o energía (recuerdo ahora otra de mis definiciones favoritas de la RAE: Epicúreo: "entregado a lo placeres". A esto les contesta el mismísimo Epicuro, cuando dice: quien considera que vivimos entregados a los placeres es que no nos conoce...)

Hablemos de Amor, que no es, desde luego, necesitar al otro para estar completo, ni para compensar la propia insuficiencia. Tampoco es el encuentro, sino todo lo contrario. El amor es la continua búsqueda del otro, la búsqueda inconclusa. Así que todo amor es un amor platónico. Pero no en el sentido de la RAE (una vez más, definición con la que no estoy de acuerdo: "amor idealizado y sin relación sexual"). El amor va mucho más lejos que todo eso.

El amor es el deseo de conocer al ser amado, de aprendértelo. No tiene nada que ver con la posesión, la necesidad o la alegría. Es un conocimiento. Es un camino que no se agota nunca; un camino en el que, buscando al otro, te buscas a tí mismo y buscas el mundo, que te hace andar varios metros por encima del suelo (sólo andando así podrás mirarlo todo). El amor no tiene nada que ver con los celos, la seguridad y la cuenta común, ni siquiera con la belleza, aunque sí con lo bueno (y la belleza siempre se ha identificado con lo bueno). Es un aprendizaje de la vida reflejada en los ojos del otro, un compañero que tira de tí en el proceso de distinguir el bien del mal, lo sólido de lo blando. Es avanzar hacia algo que se aleja cada día un poco más, que se aleja caminando de espaldas para mirarte siempre a los ojos, dejando un espacio inmenso entre los dos para que puedas moverte. Es una especia de intuición de lo que podrías encontrar si lo encontraras, de lo que podrías tener si lo tuvieras. Y es un enorme descanso, porque al mirar al otro sientes (con el estómago) que te encuentras en el camino correcto, y no hay dudas.

Así que redefinamos: Amor es conocer la Totalidad mientras miras al otro. Con permiso de la RAE, eso es.

Volverás

Valme de Toledo
Hace 37 años, ya estábamos donde estamos. Una portada del periódico Ya, con fecha 7 de abril de 1974, habla de lo mismo que hablamos hoy: Gadafi o los límites de velocidad, la crisis o el ahorro energético y el partido de fútbol Real  Madrid-Juventus. Clavado. No es que sigamos en el mismo sitio: es que siempre seguiremos ahí. Los Antiguos lo tenían claro, y la relación con sus antepasados no era un simple recuerdo.

Porque somos lo que otros hicieron de nosotros, y estamos ligados a ellos. Y lo que vivimos ahora lo vivieron ellos, en un eterno bucle, el eterno retorno. Ahora nos creemos únicos, en esa arrogante individualidad que la modernidad nos otorga. Pues no. Tus sufrimientos fueron los suyos. Tus éxitos, también. No hay nada nuevo bajo el sol, dijo el poeta del Eclesiastés. Somos simples enanos que caminan a hombros de gigantes, así que mejor no creerse nada.

Bien pensado, es consolador. Los que estuvieron antes que tú también pasaron eso, también lloraron y siguieron viviendo. Siguieron viviendo con la misma fuerza con la que vives tú. Así que asúmelo: volverás a hablar de la crisis; volverás a equivocarte;  volverás a sufrir ; volverás a reír; volverás a ver cómo un ser despreciable le hace daño a tu hijo; volverás a ser feliz, el tiempo que se puede; volverás a elegir a la persona equivocada; volverás a perder tu dinero; volverás a dudar; volverás a confiar en quien no debes; volverás a esperar lo que no llega nunca; volverás a vivir una traición; volverás a sentirte querido; volverás a estar decepcionado; volverás a amar; volverás a dormir, aunque ahora no puedas hacerlo; volverás a ver ese partido. Y seguirás viviendo, como lo hicieron ellos y como lo harán tus hijos. Es lo que somos.


Valme de Toledo

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