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El que el gobierno de Zapatero se pliegue de ese modo al poder de Marruecos, ignorando cualquier sufrimiento del pueblo saharaui, no es tan malo porque demuestra lo que somos. Por una vez el gobierno sirve para algo y nos devuelve nuestra imagen, que es la del Señor Samsa: por encima de lo que nos enseñe el espejo estará siempre el plato de comida que el otro quiera darnos.
Lo importante es el poder del otro. Da igual de dónde venga: del dinero, de la capacidad de influencia, del número de veces que sales en la foto... Como cuando en el cole te hacían el vacío, que el poderoso te mire mal puede hacerte daño. Puede negarte ese dinero, llenarte la frontera de inmigrantes, estropearte el trabajo, dejar de saludarte. Puede, también, dejar de quererte. Seguimos con los personajes literarios que nos devuelve el espejo y nos vemos en Madame Bovary, aceptando cualquier cosa de quien nos trata mal porque no podemos quedarnos solos.
Digamos que, sin enfrentarnos, somos prudentes, que la vida está ya suficientemente llena de batallas para ponernos chulos con quien puede echarnos una mano. Esto es una opción, pero también tenemos otra: perder el miedo, gritar que el Emperador está desnudo y pensar que mejor es avanzar solos que acompañados de un tirano. Hay muchos tipos de tiranía y la peor es la autoimpuesta, la que te dice que tú no eres nada si el otro no te está mirando, la que te hace ceder a chantajes dictados por alguien que, bien pensado, es bastante poca cosa. Y es raro (un objeto raro y precioso) encontrar a quien no construye su importancia en los ojos del otro. Porque eso tiene un riesgo, y es que no te inviten a la fiesta. Por lo tanto llegamos a la conclusión final: tenemos un enorme caparazón y muchas patas, así que dejemos en paz al Emperador y, por favor, aceptemos su plato de comida. Y calladitos, no sea que un día se enfade con nosotros.
Valme de Toledo



